Thursday, December 15, 2011

Dicen que las tristezas...


A lo largo de la vida nos vemos expuestos a grandes tristezas, yo no he sido excluido de este extraño privilegio. De hecho me las he visto negras en mas de una ocasión, sin embargo la que pienso fue mi mayor tristeza es el fallecimiento de mi madre, momento en el cual mi vida cambio radicalmente sin yo darme cuenta.
Soy hijo único, en sentido figurado, ya que soy diferente a todos mis hermanos, no me casé y no tuve hijos, aunque lo hubiera deseado hubiera sido en vano, en fin el cielo tiene sus razones. Además de que la relación con mi madre era única, no creo que ninguno de mis hermanos o hermanas se conocieran también como yo y ella - mi madre - así que al momento final de su vida me visualice solo, ya mi vida nunca seria la misma.

Recuerdo regresar a casa el día de su fallecimiento y después de haber pasado horas en la casa funeral velándola, la casa vacía, no había nadie, no era raro ya que ella vivía sola solo acompañada de su enfermera y la servidumbre que consistía de Sara y Mari, Sara fiel a la familia desde hacia tantos años.

Era ya entrada la noche, como la una y media de la madrugada y no podía conciliar el sueño, baje a la habitación de mi madre donde paso sus últimos meses y me recosté en su cama, quise conversar con ella y no pude encontrar palabras para decirle todo lo que le quería, lo que se me venia y cuanto la iba a extrañar, mirando fijamente el techo de su habitación se me vino a la memoria un bello momento que viví hacia unas semanas atrás justo antes de regresar a mi casa y dejarla en cuidados de mis otros hermanos pues mi retorno a casa a raíz de un compromiso de trabajo era inminente, eso si con la idea de regresar a verla lo mas pronto posible.

En mis recuerdos esa mañana estaba programada una visita de su doctor para una revisión rutinaria, ella ya no conversaba casi nada, si contestaba a alguna pregunta era con monólogos. Hacia el final de sus días  rara vez articulaba alguna palabra, sin embargo en mis largas estadía llegamos a lograr entendernos con la  mirada, cosa curiosa que una sola mirada pudiera hacernos pasar un buen rato, confirmar una situación cómica o incomoda y hasta hacerme saber - al menos así lo pensé yo - el amor que por mi sentía, en fin. 
Lo que sucedió fue así, al llegar el medico a verla ella se encontraba en su sillón reclinable mirado a través de la ventana al jardín, era invierno y por la orientación de la casa el sol entraba de manera angular y bañaba su regazo y sus pies, con nuestras miradas compartíamos ese pequeño placer de mirar al jardín y tomar el sol. Al entrar el medico a el cuarto  recorrió una silla de visitas y se coloco justo frente a ella a manera de poder revisarla y comenzó a hacerle las preguntas de rutina, ella en su mutismo solo le veía fijamente si decir ni pío, ella giraba a su alrededor como algo confundida o tal vez sin ganas de prestarle atención al medico, el sin embargo hacia el esfuerzo para sacarle aunque fuera una pequeña respuesta, "Como esta Sra. Maru ....bien? - ella no decía nada. "Siente mi mano? y nada de respuesta así pasaron unos minutos, la enfermera que con devoción cuidaba de ella se encontraba justo a las espaldas de mi madre y le acomodaba su chal y yo sentado en la cama a unos pasos de distancia de ella le miraba fijamente tratando de leer algo en su mirada, en eso el doctor girando hacia mi le pregunto quien es el, ella volteo y me miro, sus ojos se abrieron de la manera usual al vernos, brillaban con esa singular luz que la mirada de una madre tiene, y en eso de sus labios salieron las ultimas palabras que le escuche en vida, - mi hijo!
Después de recordar me llené de tristeza, subí a mi habitación y por fin logre conciliar el sueño, al siguiente día la sepultamos.

Este recuerdo me ha seguido siempre desde que ella se fue, me viene a la mente de cuando en cuando y deja en mi espíritu una sensación de paz cada vez, aun así le extraño mucho!