Thursday, October 15, 2009

Las Poquianchis

Era Viernes temprano cerca de las 9 de la mañana, ya íbamos todos montados en la camioneta, mi madre sonreía - siempre se había distinguido por esa alegría, tenia ojos vivaces, era pequeña y ágil - Nos llevaba al centro de la ciudad a ver el desfile de carros alegóricos típicos del 20 de Noviembre.
Mi padre tenia su negocio en el centro y eso nos facilitaba como llegar y estacionamiento, además de por su calidad de extranjero era socio del circulo Francés, donde él socializaba con otros amigos y hombres de negocios, entre ellos estaba el Sr. Lanvin, dueño de una gran tienda departamental “El Nuevo Paris” que daba justo a la avenida Juárez, avenida principal del centro del ciudad y nos permitía a nosotros y otros amistades acceso a los balcones del edificio desde donde podíamos ver el desfile sin complicaciones y apretones.

Yo por ser bajito me deslizaba entre las piernas de mi madre para tomar el primer puesto junto a la baranda del balcón y así no perder detalle y mientras esperábamos tomábamos refrescantes sodas y alguna golosina.
El desfile venia del lado oriente de la ciudad subiendo por la avenida, desde mi puesto de vigía, tenia la oportunidad de vislumbrar a lo lejos los carros y empezar a hacer mi selección de preferidos.
El balcón era en un cuarto piso, así que no había nada que obstruyera mi vista.
El desfile conmemora la revolución del país, asi que los carros militares no podían faltar -a mi me encantaban-, además había de charros, otras asociaciones, de payasos y personajes de tirillas cómicas, luchadores y mucho mas.
Fue Entonces que tuve la más impresionante revelación visual, me impacto tanto que nunca olvide ese momento, el carro se acercaba lento, pero el ruido de la muchedumbre abajo a nivel de la calle sé hacia cada vez mas fuerte, la música era estridente y los gritos hacían de la revelación un espectáculo impresionante.

En el centro de la plataforma del carro alegórico, había una especie de jaula de barrotes negros donde tres mujeres disfrazadas en vestidos negros y cabellos desalineados muy largos - después mi madre me explico que eran disfraces- hacían movimientos extraños simulando el deseo de salir de la jaula, junto con muecas y alaridos, -supe entonces- eran las “Poquianchis”, mujeres de mala nota que se dedicaban al robo de niños, los cuales vendían o sometían a trabajos como mendigar por las calles o robar.
Durante días le di vuelta y vuelta a las imágenes de esas mujeres y le hacia a mi madre mas preguntas acerca de estas malvadas mujeres. Que si donde vivían?, Que si algún día yo pudiese correr la misma suerte que los pequeñines que ellas robaban?, Que no me llevaran más al centro a visitar a mi padre a su negocio, y así mil cosas pasaban por mi mente.
Y al tiempo todos esos pensamientos se calmaron, y yo, debido a esa mente que me ha dado tantas satisfacciones y tantos problemas, invente mi propia historia que después conté a mi manera.

Pasaron algunos meses y en una bella tarde, después de haber pasado jugando y nadando en la playa, mi madre y la tía Griselda, decidieron que el que quisiera caminar de regreso a casa fuera con ellas.

El trayecto era largo de varios kilómetros así que tratarón de persuadirme debido a mi corta edad, pero yo insistí, al principio me coloque la frente del grupo junto a mi madre, poco a poco fui cediendo el paso y me comenzaron a pasar mis primas y hermanos, hasta que quedé al final con la tía Griselda, así en la caminata, se me vino al recuerdo las famosas Poquianchis, y comenzó mi relato.
Por supuesto la historia estaba llena de detalles de lo que recordaba de aquella escena del día del desfile, solo que la historia cambio hacia rumbos insospechados que ni yo supe de donde salió tanta información.
Y así al ritmo de mis cortos pasos le iba narrando a la tía Grsielda como hacia unas semanas que había estado ausente de la escuela, mi madre me había llevado a la cárcel a visitar unas amigas de ella.
Las visitamos porque estaban detenidas le dije, mi tía al escuchar tal historia, sé fascinó con la imaginación del pequeño sobrino y conforme seguíamos caminando afirmaba mis narraciones y hacia preguntas curiosas, cosa que avivaba mi imaginación y yo continuaba con mi historia.
Ya después de caminar y caminar mis pies ya no daban más, aun así termine el largo recorrido orgulloso de haberlo logrado, ya en casa hice lo propio, me dí mi baño y me dirigí al comedor donde se encontraban el resto de mis hermanos y al entrar vi la mirada de mi madre fija en mi, no era la usual, me tomó de la mano y me llevo a afuera, me reprendió por andar contando historias falsas, y me advirtió que un niño de mi edad debe decir siempre la verdad, después de ese susto y mirada correctiva, me ordenó regresar al comedor a cenar para después irme a la cama sin jugar.

Justo antes de entrar al comedor, me tomo del brazo, vi su rostro y su mirada, y vi que en ella había el brillo usual, en ese momento la tomé de la mano, me abrazó y me dió un beso, -yo la abracé más fuerte-, la tomé de la mano y nos volvimos a mirar, ella me guiño el ojo y así sin decirnos nada mas fuimos juntos al comedor, sabia entonces que entre ella y yo había un secreto, y que nunca lo habría de compartir con nadie mas, era la visita que le hicimos a las Poquianchis.

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