Regresábamos de un bonito viaje a Las Vegas, habíamos decidido hacer este viaje, tal ves sin saber lo que se avecinaba, una especie de despedida tacita. Recuerdo a mi madre y mis dos hermanos mayores muy contentos con sus familias, todos disfrutando de esta ciudad de luces y colores que aunque maravillosa es un poco decadente –bueno, esa es mi opinión personal-. Mis sobrinos y sobrinas felices también, ya considerándolos, como pequeños adultos y con la libertad de ir y venir a su antojo, en esta ciudad donde la gente camina a todas horas del día, ciudad donde no se duerme.
Era Diciembre 29, lo tengo muy presente.
El hotel escogido por mi madre era por supuesto a su gusto total, hotel bonito y lujoso, la suite de tres recamaras, viendo a una increíble pero absurda replica de la Tour Eiffel. Mi cama deliciosa con un colchón muy suave y los linos blancos como la nieve.
Habiendo sido yo, medio asceta, siempre dormí en un colchón futón rígido, siempre pensando que el exceso de comodidad no era bueno para el espíritu ni el cuerpo, no sé si en eso tuve la razón, pero en ese momento a quien le importaba. El estar ahí con ella y mis hermanos era suficiente, -mi estadía fue deliciosa.
El fin de año se acerco sin darme cuenta, y aunque no pude compartir con todos, fue muy emotivo, Antoine mi hermano mayor me ordeno un buen steak para cenar, mis sobrinas me rodeaban en la cama mientras llegaba mi cena y se preparaban para salir a celebrar la noche vieja.
Yo les veía emocionado recordando tantas noches viejas que compartí con mis hermanos y padres, -en la playa, la ciudad, tantos recuerdos-, y ahora era el momento de mis sobrinos de continuar con esa alegría de celebrar el año nuevo. Yo comía despacio, pero con gusto esa deliciosa carne, la papa al horno siempre fue mi debilidad y esta fue la más deliciosa que había comido en hacia mucho tiempo.
Ya cercanos a la media noche salieron todos a festejar, mi madre sé despidió con un singular beso, algo especial sentí al recibirlo, podía ver en su mirada el brillo usual que al mirarla tanto me gustaba. Salieron todos y me quede en el estar y vi un poco de Televisión.
Justo a las doce alcancé a ver por la ventana los fuegos artificiales maravillosos que anunciaban el nuevo año, me prepare a dormir, cosa que conseguí sin mucho esfuerzo, mi salud era frágil.
Cuando llegó el viaje a su fin decidimos manejar a la ciudad de Phoenix, y volar de ahí a México, directo a casa. Pero antes quedarnos a visitar a Angélica, -amiga de la familia que tenia años radicando en los EEUU- y por supuesto atacar los shopping malls, las compras no podían faltar, mis sobrinas y sobrinos encantados con la idea.
El viaje en auto fue maravilloso, siendo invierno en esa parte del suroeste americano el clima es agradable no muy frió, pues es seco y no cae nieve, la geología del paisaje en muy singular, como no se ve en otros lados, el color de la tierra es de un rojizo y va cambiando a café claro, pasa uno por la impresionante presa Powell, -parada obligatoria- las decoración de los edificios es estilo Art Decó, cariátides masculinas flanquean las entradas, y las columnas de intervalo a lo largo de la calle que cruza el muro de la presa. Además de esta hicimos varias paradas mas, debido a mi condición y para admirar algún que otro paisaje de increíble belleza.
Mi madre decidió quedarse unos días mas en Phoenix y me invito a que yo le acompañara. Cosa que me pareció ideal, pues así podría disfrutar de su compañía uno tiempo mas, siempre tuvimos una buena relación, nos gustaba la buena comida además de disfrutar largas conversaciones.
Regresamos a México, yo decidí seguir viviendo en mi casa, mi salud era estable. Mi madre retomó sus actividades cotidianas, nos veíamos dos veces por semana al menos, pero manteníamos comunicación continua por teléfono. Además de la cercanía de la casa, Sara –la cocinera- venia casi a diario con sus comidas que eran mi deliro, los sabores de mi infancia, que mas podía yo desear en esos momentos, nada!
A mediados del año, viene mi madre a casa en una de sus visitas regulares, y al mirarnos a los ojos como acostumbradamente lo hacíamos, no la percibí como siempre, ella me vio con una mirada profunda y noté algo que me inquietó, y unas lagrimas rodaron por su rostro. Supe entonces que mi muerte estaba cercana, mi imposibilidad de articular palabras y mis pensamientos eran ya entonces evidentes.
Tres semanas mas tarde me sometía a una cirugía de cerebro para aligerar la presión que tenia y mitigar los dolores de cabeza. Hubo una mejoría notable en mi, logre poder articular palabras y tener pequeñas conversaciones con ella y mis hermanos, aun así, aunque ellos no lo notaban, podía yo, ver la desesperación en sus rostros al no poder lograr comunicación completa, nuestras conversaciones se veían limitadas cada vez mas.
Cuando recibía sus visitas, -yo ya postrado en cama-, las platicas giraban alrededor de ellos, noticias de sus hijos y recuerdos memorables de alguna viaje o locura mía, yo solo les observaba, mi capacidad motriz y oral estaban entonces ya muy limitadas, aunque mi mente estaba clara, mi tristeza era infinita al no poderles expresar lo mucho que les quería. Pero así fue y espero que mis gestos y mis miradas pudieron hacerles ver el amor que por ellos sentía.
Mi madre previniendo lo que se venia había decidido construir en la casa familiar, al pie del jardín donde una vez hubo una terraza, una habitación para mí. Mi hermano Laurent siendo Ingeniero se encargo del proyecto, ella sabia el amor que le tuve a ese jardín -donde pasasaba horas en mi juventud experimentando con todo tipo de semillas y plantas-, además del placer que seria para mí el despertar y abrir la ventana y contemplar ese lugar donde tantas charlas compartimos.
El estar mi habitacion en planta baja me facilitaba movilidad – estaba ya en silla de ruedas- me evitaba las complicadas subidas y bajadas de escaleras y me daba acceso el comedor a compartir con ellos la comida como tantas veces lo habíamos hecho, la idea fue genial. Pude recibir visitas más continuas de amigos y familiares y puede salir a la calle con mayor frecuencia, eso si solo con la ayuda de mi madre y la enfermera de nombre Lucia, -magnifica muchacha, Joven de rostro dulce, inteligente y culta-, le gustaba leerme por largos ratos cosa que disfrute hasta él ultimo momento, - fue una lastima el que nunca pude agradecerle el gesto- y así se fueron pasando los días, mi salud seguía en declive, el doctor venia regularmente, creo una vez por semana y así pasaba el tiempo.
Sabía por mi madre que mi abuela -que vivio mas de cien años- preguntaba siempre por mí, y de vez en vez si el clima y mi salud lo permitían me llevaban a verle. Ella al igual que yo estaba imposibilitada de caminar pero su mente siempre estuvo lúcida con su carácter fuerte que la caracterizaba.
Era más fácil transportarme a mí, cosa que me agradaba muchísimo el poder salir, subir al auto, sentir con la ventanilla abierta el aire en mi rostro y el olor de la ciudad. Todo esto me traía muchos recuerdos y sensaciones, era un placer.
En esa ocasión al salir de casa a visitar a mi abuela, vi una nenita rubia de casi un añito o más haciendo sus primeros pasos junto a su nana, vi en su rostro un rostro que conocía de mi niñez, y aunque no lo pude adivinar en ese momento, me enteré mas tarde que era la hija de una vecina que en mi infancia había vivido ahí en mi misma calle y ahora ella había regresado a vivir a esa casa donde yo le vi crecer.
Creo que esa visita a mi abuela fue la ultima que hice, la ultima vez que nos vimos.
El verano pasó y el otoño se hizo presente, el árbol al fondo del jardín comenzó a mudar sus hojas y los rosales dejaron de dar flor, el invierno se avecinaba y mi vida también llegaba a su fin.
Pasaron las fiestas navideñas, mi madre a mi lado, fue fantástico, -aunque para entonces ya mi comunicación era nula y mi movilidad cero-, el solo sentir de sus manos tocando mi cuerpo al asearme o al acariciarme el rostro fue el mejor regalo que en esa navidad pude tener.
Una mañana regular, es que mi madre me avisa que el doctor vendra a verme, la noche anterior la había pasado no muy bien y estaba preocupada por mí. Me asearon como cada mañana, tome mi desayuno sin mucho apetito, eso sí, de alguna manera me hice entender o si Lucia lo adivinó, pero me acercó a la ventana a contemplar el jardín.
El frio de enero no me permitía salir, pero tampoco me impedía ver mi jardin a través de la ventana, que al fin generaba en mi el mismo placer.
Una hora mas tarde llego el doctor, por estos días yo ya no articulaba palabra, no sabían lo que le sucedía a mi mente.
En el cuarto nos encontrábamos, yo sentado en mi silla de ruedas mi madre a mi lado, el doctor justo al frente y Lucia detrás de mí.
La rutina del doctor siempre era la misma, me tomaba las manos, revisaba mis ojos, la movilidad de mi cuerpo, mientras me hacia preguntas que yo nunca contestaba.
En ese afán de revisar mi mente y ver mi lucidez, hizo esa bella pregunta, me miró a los ojos y dijo; ¿Sabes quien es ella?, apuntando a mi derecha, sí le conteste yo, ¡Es mi Mamá! Y gire para verle el rostro, vi en su mirada ese brillo que tanto me gustaba.
Tres días después fallecía yo, bajo un cielo azul de invierno. Justo a las dos con cuarenta y cinco minutos de la tarde, rodeado de las personas que más quise.
Moría curiosamente a la misma hora que muchos años antes había nacido.

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